¿Por qué le grito siempre al mismo hijo?
¿Por qué con uno de mis hijos salto a la mínima y con el otro casi nunca? Si lo has tecleado de madrugada, con la casa en silencio y un nudo en el pecho que no te deja dormir, no me hace falta explicarte de qué va esto. Yo lo busqué igual que tú. Tenía a dos críos durmiendo en la habitación de al lado y sabía, con una certeza que me daba vergüenza, que con uno tenía una paciencia de santa y con el otro se me agotaba antes de empezar el día.
No es que al pequeño no le levante la voz nunca. Es que con el mayor estoy en guardia desde que abre los ojos. El mismo vaso de leche derramado en la mesa provoca dos reacciones distintas según quién lo tire: si es la peque, cojo la bayeta y ya; si es él, la voz me sale antes de decidir nada, como si llevara toda la mañana esperando la excusa. Y lo peor es que él lo nota. Ha aprendido a mirarme de reojo para calcularme el día, igual que yo aprendí a leerle la cara a mi madre en cuanto metía la llave en la puerta.
El hijo que siempre paga
Durante años me lo conté como si fuera culpa suya. Que este niño es más movido, más respondón, que me busca, que sabe dónde apretar. Y puede que tenga más carácter, no lo voy a negar. Pero por más vueltas que le diera, la cuenta no salía: no hay manera de que un crío de seis años sea el responsable de que a mí se me vaya la voz una y otra vez, siempre con el mismo, mientras su hermana crece en la misma casa sin llevarse ni la mitad de los gritos. La misma cocina, la misma madre agotada a las siete de la tarde, y con uno pierdo los nervios a la primera mientras al otro le dejo pasar una detrás de otra.
Esto tiene un nombre, y no me lo inventé yo
En las familias ocurre algo que quienes estudian estas cosas llaman chivo expiatorio: sin que nadie lo decida ni lo nombre nunca, el grupo entero va depositando en un solo miembro lo que no quiere mirar de sí mismo. Es «el difícil», «con el que no se puede». Yo fui esa en mi casa. La rara, la contestona, la que siempre acababa castigada mientras mis hermanos miraban el suelo sin abrir la boca. Me pasé la infancia siendo el sitio donde los demás dejaban lo que les sobraba.
Lo que no vi venir es que ese papel se hereda sin querer. Que una puede jurarse mil veces que jamás va a señalar a un niño como «el problema» y descubrir, una de esas noches en que no pega ojo, que lleva meses haciéndolo con su propio hijo. Le he colgado a un crío de seis años el mismo abrigo que a mí me quedaba enorme y me ahogaba, y encima me lo creía tan de verdad como se lo creyeron mis padres conmigo.
Me acuerdo de pensarlo tal cual, sentada en el borde de la cama: «le estoy haciendo a mi hijo justo lo que juré no hacerle a nadie».
Por qué justo con ese y no con el otro
Casi nunca es casualidad cuál de ellos te toca la fibra. Muchas veces es el que más se te parece: saca el carácter que a ti te hicieron tragar de pequeña y te contesta lo que tú nunca te atreviste a contestarle a tu madre. Verle ocupar espacio sin pedir perdón, con la misma naturalidad que a ti te costó castigos, remueve algo feo por dentro, algo que ni sabías que seguía ahí. Otras veces es al revés: es el que llegó en la peor época, cuando estabas más sola o más agotada, y sin querer se te quedó pegado a aquello. No lo eliges con la cabeza; te sale del cuerpo antes de que la cabeza tenga tiempo de opinar.
Lo que a mí me sirvió, y lo que no
Leí mucho consejo bonito que no me valió de nada, así que voy directa a lo que de verdad cambió algo. Lo que no ayuda es prometerte que mañana vas a repartir la paciencia a partes iguales a fuerza de voluntad, porque este tirón no vive en la voluntad, vive más abajo, en un sitio al que no se llega solo con proponérselo. Esto en concreto no conseguí desmontarlo yo sola dándole vueltas de madrugada. Empezó a moverse el día que lo hablé con una psicóloga y por fin alguien me ayudó a ver de dónde venía el reparto, quién me lo había enseñado a mí. Lo digo porque el patrón del chivo expiatorio es de los que más cuesta ver desde dentro, justo porque una está convencidísima de que la culpa es del niño. Si algo de esto te ha resonado, pedir ayuda para mirarlo de frente no tiene nada de exagerado; a mí me resultó lo más práctico que hice por mi hijo mayor en mucho tiempo, más que cualquier propósito de contar hasta diez.
Lo que sí está en tu mano mientras tanto
Mientras encuentras con quién hablarlo, hay algo que puedes empezar a notar tú sola: el momento exacto en que le pones la etiqueta. Ese instante en que piensas «ya está este otra vez» antes incluso de que haya hecho nada. Ahí, en esa frase automática que ni te oyes pensar, se decide con qué cara vas a mirarle el resto de la tarde. Esa etiqueta no vas a poder borrarla a voluntad, porque sale sola, más rápida que tú; pero sí puedes aprender a cazarla en el acto. Cuenta, aunque sea de memoria, cuántas veces al día das por hecho lo peor de él y ni una sola vez lo peor del otro. Verlo así, en números pequeños, le quita fuerza al automático.
Y con él, más que con ninguno, importa volver después. Cuando se te escape —porque se te va a escapar— acércate y dile que lo de antes fue cosa tuya, no suya. Un niño que crece siendo «el difícil» termina por creérselo y lo lleva puesto toda la vida; uno al que le dicen «me he pasado, tú no tienes la culpa» aprende que esa etiqueta no era verdad. No te arregla el fondo de golpe, pero le suelta a él un peso que nunca fue suyo.
No sé si a ti te viene de lo mismo que a mí; cada casa arrastra su propia historia. Pero que estés despierta a estas horas buscando por qué le gritas más a uno ya dice algo importante: has dejado de creerte del todo que la culpa es suya. Empieza por ahí. Mañana, cuando se levante, fíjate solo en la primera etiqueta que le cuelgas antes de que haya hecho nada. Nada más. Ya es más de lo que hiciste ayer.
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