Bienestar

Por qué fingir que 'aquí no pasa nada' no arregla el silencio en pareja

Sonreís en las fotos, ese gesto tan aprendido que ya sale solo delante de una cámara. Contestáis "bien, bien" cuando alguien pregunta en una comida familiar, casi al unísono, sin mirarnos siquiera al decirlo. Por dentro sabéis que hace tiempo que algo no va, pero lo decís tan bajito, tan para adentro, que ni vosotros mismos os oís del todo.

Yo también me lo dije durante mucho tiempo, en voz baja, casi como quien reza. Nos repetíamos que todas las parejas pasan rachas, que era el trabajo, los niños, el cansancio de vivir, la hipoteca, mil excusas razonables. Y en parte era verdad, todo eso pesaba de verdad. Pero había otra parte, más callada, más honesta, que sabía que llevábamos meses evitándonos con educación, sonriendo por encima de algo que no queríamos mirar de frente.

El mito que nos contamos

Hay una frase que repetimos como quien reza sin creer del todo, con la boca pero no con el cuerpo: "somos una familia normal, esto es lo que hay, se pasará solo con el tiempo". Y quizás algunas cosas se pasan solas, es verdad, hay rachas que de verdad son solo eso. Pero el silencio de pareja no es una de ellas. ¿Un charco que se seca con el sol, que desaparece sin que nadie haga nada? Más bien una gotera: si no la miras, si no subes al tejado a ver de dónde viene, sigue cayendo, gota a gota, aunque tú estés mirando para otro lado con toda tu voluntad.

No es que nos mintamos a propósito, con mala fe. Es que decir en voz alta "nos hemos dejado de encontrar" da miedo, un miedo concreto y real, y evitarlo parece, en el momento, la opción más suave, la que menos duele hoy. El problema es que esa suavidad tiene trampa: cuesta más barato hoy y más caro mañana.

Por qué esta mentira es la más peligrosa

Cuando hay una pelea, al menos hay algo que señalar, una escena a la que volver. Un portazo, una discusión, algo de lo que hablar después, aunque sea incómodo, aunque duela reabrirlo. Pero cuando no hay pelea, cuando simplemente dejáis de miraros y todo sigue funcionando por fuera —la casa en orden, la logística resuelta, los cumpleaños celebrados con tarta y velas—, no hay nada a lo que agarrarse para decir "aquí pasa algo, tenemos que mirarlo". Fingir que todo va bien es más fino que una mentira normal, porque ni siquiera se siente como mentira mientras la vives. Se siente como estar ocupados. Como estar cansados. Como tener una racha que ya se pasará.

Y mientras tanto no hay ningún conflicto que resolver, porque nadie ha dicho nada que resolver, nada que poner sobre la mesa. Solo hay evitación, día tras día, y la evitación no se gasta con el tiempo como se gastan otras cosas: se acumula, calladamente, en el fondo de la casa.

Lo que el cuerpo sabe antes que la cabeza lo admita

Yo tardé en darme cuenta de que mi cuerpo ya llevaba tiempo diciéndomelo, avisándome de otra manera. Dormía mal, aunque no supiera explicar por qué, dando vueltas en la cama sin motivo aparente. Apretaba la mandíbula sin notarlo hasta que me dolía al despertar, una molestia sorda que achacaba a cualquier cosa menos a lo evidente. Me sentaba a la mesa y comía rápido, casi sin hambre, casi sin saborear nada, solo por terminar el rato en que estábamos los dos sentados frente a frente sin hablar de nada que importara de verdad.

El cuerpo no finge tan bien como la cabeza, no tiene esa capacidad de mirar para otro lado. La cabeza puede decir "estamos bien" durante meses, incluso años, y creérselo casi del todo. El cuerpo, mientras tanto, va apretando algo por dentro, va durmiendo mal noche tras noche, va sintiendo ese peso raro en el pecho cuando el otro entra en la habitación y ni siquiera te mira al pasar. Si te reconoces en esto, no estás exagerando ni eres hipocondríaca: llevas tiempo escuchando algo que tu cabeza todavía no ha querido nombrar en voz alta.

No hace falta esperar a tocar fondo para empezar a decir la verdad en voz baja.

Lo que sí funciona, aunque parezca poco

Esto que lees es una idea de «Dejamos de discutir, de tocarnos, de todo» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La alternativa a fingir no es montar una conversación enorme donde por fin se dice todo lo que no se dijo en meses de golpe, como quien salda una deuda entera de una sola vez. Eso casi nunca sale bien, y si alguna vez lo has intentado ya sabes por qué: se acumula tanto que cuando por fin sale, sale mal, sale a la hora equivocada, sale con el tono equivocado, y todo el mundo termina peor de lo que estaba.

La alternativa es más modesta y, curiosamente, más valiente en el fondo: nombrar lo que se enfrió en voz baja, sin esperar a que la cosa "se note" del todo, sin esperar a tener el discurso perfecto preparado con todos los argumentos en orden. Algo tan sencillo como decir, una noche cualquiera, mientras se recoge la mesa: "llevo un tiempo notando que casi no hablamos de nosotros". Nada más. No hace falta añadir un análisis completo de qué ha fallado ni una lista de reproches guardados durante meses. Solo una frase verdadera, dicha en voz baja, en un momento tranquilo, sin pedir permiso para sentirlo.

Puede que el otro no responda gran cosa la primera vez, que se quede pensando o mirando al plato. Puede que se quede callado, o que diga "sí, yo también lo he notado" y ya está, sin más desarrollo. No pasa nada. Lo importante no es la respuesta que recibas ese primer día, sino haber roto por fin ese acuerdo silencioso, no hablado nunca pero cumplido a rajatabla, de fingir que aquí no pasa nada.

Hoy, una frase pequeña

Si llevas tiempo evitando el tema, esquivándolo como quien esquiva un bache que ya conoce de memoria, no te pido que esta noche lo soluciones todo. Te pido mucho menos: que digas una sola frase verdadera, sin esperar más tiempo a que las cosas "se acomoden solas" porque ya sabes, en el fondo, que eso no va a pasar. Puede ser torpe. Puede que no sepas ni cómo empezarla, que le des vueltas antes de soltarla. Da igual. Lo que importa es que sea cierta y que sea tuya.

Y si hoy tampoco te sale, no pasa nada: mañana se puede volver a intentar, y pasado también. Lo único que de verdad no ayuda es seguir fingiendo que aquí no pasa nada, sonriendo en las fotos, mientras el cuerpo, cada noche, te dice que sí pasa, y que lleva tiempo diciéndolo.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

El silencio también se puede romper. Y se puede romper con cariño.

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