La mañana en que no recordé cuáles eran mis galletas favoritas
Era domingo por la mañana y estaba ordenando la nevera, nada más, sin ninguna intención de que ese rato significara nada. Sacando tarros caducados, limpiando una balda pegajosa de algo que se había derramado hacía semanas, ese tipo de tarea que haces con la cabeza en otro sitio, casi en piloto automático. Detrás de un bote de mostaza casi vacío encontré una lista de la compra vieja, de esas que se escriben a mano con prisa y se meten en un cajón y se olvidan durante meses. La cogí sin pensar, esperando tirarla directamente a la basura, y me quedé mirándola más tiempo del que hacía falta, de pie, con la puerta de la nevera todavía abierta.
Una lista sin ninguna cosa mía
Cerveza de la marca que le gustaba a él. Las galletas que comía él para el desayuno, esas de siempre, las de la caja azul. El queso que solo comía él, el caro, el que yo nunca probaba. La revista que él siempre pedía en el quiosco de camino a casa los viernes. Repasé la lista dos veces, letra por letra, buscando algo mío, aunque fuera pequeño, aunque fuera solo una marca de champú perdida entre los demás productos. No había nada. Ni una sola línea. Y lo raro, lo que de verdad me paró en seco con el bote de mostaza todavía en la mano, no fue la lista en sí. Fue que al intentar recordar cuáles eran mis galletas favoritas, las que compraba antes de todo esto, no me vino nada a la cabeza. Nada de nada. Me quedé de pie en la cocina, con un trozo de papel viejo en la mano, sin saber qué me gustaba a mí.
Se me pasaron por delante meses enteros de listas parecidas a esa, una detrás de otra como fotogramas. Compras hechas deprisa entre semana, pensando en que hubiera de todo lo que él necesitaba para no darle un motivo más de discusión al llegar a casa, para que el día no empezara mal desde el desayuno. En algún momento, sin fecha ni aviso, sin que yo lo decidiera conscientemente, había dejado de comprar para mí. Y no me había dado cuenta hasta ese domingo, con un bote de mostaza en una mano y una lista vieja en la otra.
La tentación de seguir igual
Lo primero que pensé, y lo digo tal cual porque fue exactamente así, fue: total, ya me he acostumbrado, para qué darle vueltas ahora, un domingo, con la nevera medio vacía y tanto por hacer todavía. Es más fácil seguir comprando lo de siempre. Menos decisiones, menos fricción, menos posibilidades de que algo saliera mal en una casa donde cualquier cosa podía salir mal por cualquier motivo. Ese pensamiento tiene su lógica, y durante mucho tiempo fue el que ganaba, sin discusión. Es agotador sostener una casa así, y cualquier cosa que reduzca un poco el caos parece buena idea, aunque esa cosa sea borrarte a ti misma de la lista de la compra, letra a letra, semana a semana.
Me quedé un rato apoyada en la encimera, con la lista todavía en la mano y el frío de la nevera abierta en la espalda, notando ese tira y afloja entre seguir como siempre y hacer algo distinto, aunque fuera diminuto, aunque nadie fuera a notarlo. No tenía ganas de gestas ni de discursos internos sobre recuperarme a mí misma. No tenía energía para una gesta de ningún tipo. Solo tenía ganas de que, por una vez, algo de esa nevera fuera mío, solo mío, sin que nadie más lo hubiera pedido.
Un gesto pequeño, casi ridículo de tan pequeño
Así que hice una cosa. Cogí el coche esa misma tarde y fui al supermercado, sola, sin necesitar nada urgente para la cena, solo para comprar, sin lista esta vez. Y en el pasillo de las galletas me quedé plantada un buen rato, mirando paquetes uno por uno, intentando recordar qué me gustaba antes. Al final elegí unas de chocolate con avellana que había visto de reojo mil veces sin comprarlas nunca, porque no eran las que él quería y ni se me había ocurrido que pudieran ser para mí. Las metí en el carro casi con vergüenza, mirando alrededor, como si estuviera haciendo algo prohibido delante de todo el mundo. Nadie me miró, claro. Nadie dijo nada. Pagué, volví a casa, las puse en un estante de la despensa, en un sitio donde antes solo había cosas suyas.
No sonó a victoria, ni hubo ninguna sensación de gran logro. No hubo música ni lágrimas de alivio, nada de eso. Fue solo un paquete de galletas en un estante distinto, uno entre tantos otros. Pero esa noche, cuando abrí la despensa a buscar algo para picar y vi ese paquete ahí, con mi nombre invisible escrito encima, sentí algo que llevaba mucho sin sentir: que ese rincón de la casa, ese estante concreto, era mío. Pequeño, absurdo si lo cuentas en una frase a otra persona, pero mío de verdad.
Por qué esa mañana importó tanto
He contado muchas veces la escena de la cocina de madrugada, la del móvil y el estómago encogido esperando una llamada que no llega, porque fue la que me hizo entender el tamaño del problema, la urgencia de todo. Pero esta mañana de domingo, la de la nevera y la lista vieja detrás del bote de mostaza, fue la que me hizo entender otra cosa distinta, más silenciosa: que perderse a una misma no pasa de golpe, no hay un día concreto que marcar en el calendario. Pasa lista tras lista, compra tras compra, elección tras elección, hasta que un día no recuerdas ni tus galletas favoritas, y te quedas de pie en tu propia cocina sin saber la respuesta.
Nadie se pierde de un día para otro. Se pierde una lista de la compra cada vez.
De ahí nació la idea de acompañar este proceso un día cada vez, con un paso pequeño cada día, algo que se pueda hacer aunque estés agotada, aunque él no haya cambiado en nada todavía, aunque sigas sin saber cómo va a acabar todo esto ni cuándo. Porque si algo aprendí esa mañana con la lista vieja en la mano es que volver a una misma no necesita un plan enorme ni una fecha de inicio solemne. Necesita, para empezar, un solo paquete de galletas que sea tuyo. Y después, otro gesto pequeño al día siguiente, uno cualquiera. Y otro más pasado mañana. Uno cada vez, hasta que la lista de la compra vuelva a tener, aunque sea una sola línea, algo que te guste solo a ti.
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