Me despierto todas las noches a las tres de la madrugada esperando el móvil
El móvil está en la mesilla, boca arriba, con el volumen al máximo por si acaso, aunque llevas meses diciéndote que mañana lo pones en silencio y nunca lo haces. Y tú te despiertas a las tres, o a las tres y diez, siempre antes de que suene nada, con el estómago ya encogido y la mandíbula apretada, como si el cuerpo supiera algo que la mente todavía no ha decidido pensar.
No hay ninguna llamada. Casi nunca la hay. Pero ahí estás, con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando la raya de luz que entra por la persiana, calculando dónde puede estar, qué puede haber pasado, si el silencio de esta noche es un silencio bueno o solo un silencio que todavía no ha traído la noticia. Cuentas los minutos que faltan para que amanezca del todo, como si amanecer fuera lo único que puede garantizar que ha ido bien.
Esto no es insomnio, es el cuerpo en guardia
Si llevas meses o años así, quiero decirte algo que quizá te alivie un poco: esto no es que duermas mal, ni que seas una persona nerviosa por naturaleza, ni que te falte disciplina para relajarte antes de dormir con una infusión y un libro. Esto tiene un nombre más sencillo: tu cuerpo se quedó en alerta, y ya no sabe cómo bajar la guardia solo porque haya oscurecido.
Cuando una lleva mucho tiempo esperando la llamada mala, el cuerpo aprende. Aprende a no confiarse del todo, ni siquiera dormida. Aprende a despertarse antes, por si acaso, para no ser sorprendida por la noticia en mitad del sueño más profundo, para llegar ya despierta al golpe si el golpe llega. No es una decisión que tomes tú cada noche antes de dormirte: es algo que el cuerpo ha ido entrenando sin pedirte permiso, noche tras noche de espera, hasta convertirlo en costumbre, en un reflejo tan automático como respirar.
Por eso no basta con decirte a ti misma que te relajes, que respires hondo, que pienses en otra cosa. Esto no es un problema de voluntad, es un cuerpo que lleva demasiado tiempo de guardia y que necesita algo más que una orden para desconectar la alarma.
No duermes mal. Llevas demasiado tiempo esperando algo malo.
Lo que se pierde en esas horas no es solo sueño
Lo que cuesta ver, cuando esto se hace costumbre, es todo lo que se va quedando fuera mientras tanto. No es solo que amanezcas cansada, con esa niebla espesa detrás de los ojos que ni el café de la mañana termina de disolver: hay una parte de tu vida entera puesta en pausa, noche tras noche, por si acaso pasa algo.
Son los planes que no haces para el día siguiente, porque no sabes con qué energía vas a llegar, así que mejor no comprometerte a nada. Es la cabeza espesa en el trabajo, en las conversaciones con tus compañeros, en la reunión donde asientes sin haber escuchado bien, en todo lo que no tiene nada que ver con él pero que igual paga el precio de esas horas robadas. Una vida entera funcionando a medias, por si suena el teléfono que casi nunca suena.
El paso de hoy: el móvil, fuera del dormitorio, una sola noche
No te voy a pedir que apagues el móvil, ni que dejes de estar disponible, ni que hagas nada que te dé miedo de verdad esta noche. Solo te pido una cosa pequeña, y solo por una noche, para ver qué pasa, nada más.
Esta noche, deja el móvil cargando fuera del dormitorio. En la cocina, en el pasillo, sobre la lavadora, donde sea, pero fuera de tu vista y de tu alcance inmediato, de modo que para mirarlo tengas que levantarte y dar unos pasos.
Y luego, mañana, coge un papel y anota qué sintió tu cuerpo al hacerlo. No lo que pensaste. Lo que sintió el cuerpo: si costó dormirte, si te despertaste igual a las tres en punto, si hubo un momento de calma antes de que llegara el miedo a no estar disponible por si acaso.
- A qué hora te acostaste y a qué hora te despertaste, si te despertaste
- Qué notó el cuerpo al no tener el móvil al lado: alivio, miedo, las dos cosas a la vez
- Una frase corta que resuma cómo fue esa noche, para ti, sin explicarla a nadie más
No hace falta que salga bien a la primera. No hace falta ni que duermas mejor esa noche, de verdad. Solo hace falta que lo intentes una vez y que lo escribas, para empezar a notar la diferencia entre lo que tu cuerpo necesita y lo que la costumbre te ha hecho creer que necesitas para sentirte a salvo.
Recuperar el descanso también es recuperar tu vida
Dormir bien no es un lujo aparte, ni una recompensa que te tengas que ganar cuando todo esté resuelto y ya no haga falta esperar nada de nadie. Es una parte de tu vida que también merece volver a ser tuya, aunque él no cambie, aunque la situación siga igual de incierta mañana por la mañana.
Por eso el acompañamiento de treinta días empieza precisamente por ahí, por ver dónde te perdiste, antes de pedirte que sueltes nada: porque no se puede soltar lo que ni siquiera se ha nombrado todavía. Un día cada vez, con un paso pequeño y una página para escribir a mano lo que el cuerpo ya sabe desde hace tiempo, aunque tú todavía no le hayas puesto palabras.
Si esta noche el miedo es a que pase algo grave de verdad, no una hipervigilancia de fondo sino una emergencia real, eso no se resuelve con un móvil fuera del dormitorio: ahí toca pedir ayuda profesional o llamar a urgencias, sin darle más vueltas ni esperar a ver si se pasa sola.
Para todas las demás noches, las de la espera silenciosa que ya se ha hecho costumbre, el primer paso es tan pequeño como un móvil cargando en otra habitación. Mañana, otro paso, y quizá esta vez duermas veinte minutos más.
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