Cómo hacer el duelo de los padres que no te dieron el cariño que necesitabas
Este domingo has vuelto a comer con ellos, como cada semana desde hace años. Tu madre ha puesto el mantel de siempre, ese con las flores ya algo desteñidas de tantos lavados, tu padre ha preguntado por el tráfico y ha comentado lo de siempre sobre la obra de la rotonda. Todo normal, todo en orden, todo tan de costumbre que ni te fijas ya. Y al volver a casa, en el coche, con la radio de fondo dando las noticias de siempre, te ha entrado un llanto que no sabías ni de dónde salía, que te ha pillado en un semáforo con las manos aún en el volante. Como si acabaras de despedirte de alguien que, en realidad, sigue vivo y va a estar el domingo que viene sentado en la misma silla.
Eso que sientes tiene nombre, y es duelo. Aunque suene raro decirlo así, de unos padres que siguen ahí, con los que hablas cada semana, a los que quizá hasta les llevas la compra los jueves o los acompañas al médico cuando hace falta.
Un duelo sin muerte de por medio
Cuando pensamos en el duelo, pensamos en un funeral, en flores, en una ausencia física que se puede señalar con el dedo. Pero hay otro duelo, más silencioso, sin ataúd ni fecha en el calendario, que es el de aceptar que la persona que necesitabas que fueran tus padres no ha existido nunca y probablemente no va a existir. No se han muerto ellos: se ha muerto la esperanza de que un día sean distintos, esa esperanza que llevabas alimentando sin darte cuenta desde niña.
Puedes seguir viéndolos cada domingo, quererlos incluso con el mismo mantel de siempre sobre la mesa, y aun así estar de duelo por el abrazo que no dieron, por la pregunta de '¿cómo estás de verdad?' que nunca hicieron, ni una sola vez en todos estos años. Las dos cosas conviven, por raro que parezca, sin pedirte permiso para hacerlo.
Paso 1: soltar la lista-mordaza
Seguro que la conoces de memoria. Tuviste techo. Fuiste al colegio. Nunca te faltó comida en la mesa, ni un abrigo cuando hacía frío. Esa lista, que empezó siendo un recuerdo neutral, se ha convertido en una mordaza que te tapa la boca cada vez que algo dentro de ti quiere doler, cada vez que asoma la pena.
'No tengo derecho a quejarme, tuve de todo', te repites, casi como un mantra que te sabes de memoria. Y con esa frase te cierras la puerta a sentir lo que sí falta. Pero tener techo no cierra el hambre de un abrazo. Tener colegio no cierra el hambre de una pregunta hecha con curiosidad de verdad, de esas que se quedan esperando la respuesta en vez de pasar a otra cosa. Son cosas distintas, y las dos son ciertas a la vez.
El primer paso del duelo es dejar que la lista y la pena existan en el mismo cajón, sin que una tache a la otra, sin que tener techo te obligue a callarte el frío que sentiste bajo ese mismo techo.
Paso 2: la carta a la niña que fuiste
Coge un cuaderno, no el móvil. Ponte un rato tranquilo, quizá por la noche, cuando la casa está en silencio y ya no hay ruido de platos ni de televisión. Y escribe una carta a la niña o al niño que fuiste. No para enviarla a nadie, ni para leérsela a tus padres en la próxima comida de domingo. Solo para ti, en tu letra, sin que nadie más la lea nunca si no quieres.
Puedes empezar por algo tan sencillo como: 'Sé que esperabas que alguien te preguntara cómo te había ido el día en el cole. Sé que te dormías queriendo que alguien te dijera que estaba orgulloso de ti, aunque fuera solo una vez.' Deja que la mano vaya sola, sin corregir, sin tachar. No hace falta que quede bonito ni ordenado ni que tenga sentido para nadie más que tú.
Esa carta es un lugar seguro donde por fin alguien -tú misma, de adulta, con todo lo que has vivido desde entonces- escucha a esa niña sin la mordaza de la lista tapándole la boca.
Paso 3: llorar sin que sea traición
Aquí viene la parte que más cuesta. Permitirte llorar lo que no llegó no significa culpar a tus padres ni odiarlos, ni dejar de sentarte a su mesa el domingo que viene. Puedes llorar la falta y, al mismo tiempo, seguir queriéndolos con todo lo que tienen y lo que no supieron dar, sin que una cosa contradiga a la otra.
No hubo mala intención, hubo torpeza -no es lo mismo-, y el dolor llegaba de todas formas, aunque esa diferencia me dejara un resquicio por donde respirar cuando más lo necesitaba. Sostener esa frase, sin resolverla del todo, sin cerrarla en un juicio definitivo sobre quiénes son ellos, es parte del duelo. No hace falta elegir entre quererlos y doler por lo que faltó: se puede hacer las dos cosas a la vez, aunque incomode.
Paso 4: un cierre pequeño, no una solución
Un duelo no se cierra con un portazo ni con una gran conversación donde por fin les dices todo lo que llevas guardado. Se cierra, si acaso, con un gesto pequeño y simbólico que marca que algo empieza a soltarse, aunque sea despacio.
- Guardar la carta a la niña que fuiste en un cajón, como quien guarda algo importante y no un papel cualquiera
- Elegir una frase que sí te hubiera gustado oír, y decírtela tú en voz alta una vez, aunque te sientas rara haciéndolo
- Un objeto sencillo -una vela, una piedra, una foto de cuando eras pequeña con esa sonrisa que ya no recuerdas- que coloques en algún sitio de casa como recordatorio de que ya no esperas de ellos lo que no van a dar
Ese gesto no borra el dolor. No hace que el domingo que viene sea distinto, ni que tu madre pregunte esta vez cómo estás de verdad. Pero es un paso, y los pasos pequeños son los únicos que de verdad sostienen un duelo tan largo como este, tan sin fecha de caducidad.
Yo sigo, algunas noches, marcando el número de mi madre esperando otra cosa, aunque sepa de sobra cómo va a ir la llamada. El duelo no es una línea recta que se termina un día concreto que puedas marcar en el calendario. Es aprender a caminar con el peso más liviano, un poco cada vez, sin que eso signifique que un día el peso desaparece del todo.
Si notas que este dolor se ha ido convirtiendo en algo que ya no puedes sostener sola -que te impide dormir, comer, levantarte de la cama con normalidad-, no dudes en buscar el acompañamiento de un profesional. Un duelo tan largo a veces necesita más que una carta y un cuaderno, y no hay nada de qué avergonzarse en pedir esa ayuda.
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