No duermo por si esta noche suena el teléfono
Te metes en la cama y dejas el móvil bocabajo en la mesilla, con el volumen al máximo, por si acaso. Apagas la luz, cierras los ojos, y aunque el cuerpo esté horizontal la cabeza sigue de pie, escuchando. Escuchas la calle, el motor de un coche que frena cerca, el ascensor del edificio subiendo, la puerta del portal. Y si por fin esa noche está en casa, tampoco duermes: te quedas con el oído puesto en el pasillo, escuchando su respiración al otro lado de la pared, como cuando era un bebé de semanas y te levantabas cada dos horas solo para comprobar que seguía vivo bajo la manta.
Llevas así, ¿cuánto? ¿Meses, años, ya ni te acuerdas de cuándo empezó? Y una parte de ti sabe, con la cabeza fría de las tres de la tarde, que esto no puede seguir así, que un cuerpo no aguanta indefinidamente sin dormir de verdad, sin un sueño entero y profundo. Y otra parte, la que manda casi siempre a estas horas de la noche, te dice bajito que si te duermes y pasa algo, no vas a poder decir después que hiciste todo lo posible.
Por qué el cuerpo no se rinde aunque la mente sepa que es inútil
Yo pasé años así, y te voy a decir lo que aprendí, no de un libro sino de mi propia cama, de mis propias noches con los ojos abiertos mirando la sombra del armario: la mente puede saber perfectamente que quedarte despierta no evita nada. Que si algo va a pasar, va a pasar igual, estés tú despierta contando las horas o dormida y descansada. La mente lo sabe, te lo repite incluso, como una amiga razonable. Pero el cuerpo no atiende a razones cuando lleva mucho tiempo en alerta.
Un cuerpo que ha vivido sustos de madrugada, llamadas a las tres, puertas que no se abren cuando deberían abrirse, aprende a quedarse en guardia aunque ya no haya nada que vigilar esa noche en concreto, aunque él esté durmiendo tranquilo a dos metros de ti. Se queda encendido por costumbre, por si acaso, igual que un perro viejo que sigue ladrando a una sombra que ya se ha ido hace rato. Que no puedas dormir no habla de un fallo tuyo ni de falta de voluntad. Habla de un cuerpo que lleva demasiado tiempo entrenándose para no bajar la guardia nunca, ni siquiera cuando todo está, esta noche, en calma.
Un límite pequeño para esta noche
Pedirte que apagues la alarma interna no serviría de nada, porque esa vigilancia no se apaga a voluntad, no funciona como un interruptor. Pero sí puedes poner un límite pequeño, muy concreto, solo para la vigilancia, no para el amor que hay detrás de ella. Por ejemplo: el móvil se queda fuera del dormitorio, cargando en el enchufe de la cocina o del salón, y si hay una emergencia de verdad, ya se encargará de llegar de otra manera, o lo verás en cuanto te levantes al baño o al amanecer.
Si eso te parece demasiado esta noche, empieza más pequeño todavía: pon el móvil en silencio pero con las llamadas repetidas activadas, para que solo te despierte si alguien insiste de verdad, no cualquier notificación absurda de una aplicación. O ponte un antifaz y tapones para los oídos, no porque no te importe lo que pase en la casa, sino porque escuchar cada crujido, cada paso, cada portazo lejano no ha evitado nunca nada, y a ti te está costando la salud, literalmente, noche tras noche.
No hace falta que lo hagas perfecto ni que lo sostengas todas las noches desde ya, como si fuera un examen que puedes suspender. Prueba una, solo una, y observa qué pasa. Prueba a dejar el móvil fuera del cuarto esta noche y mira si el mundo se sostiene igual sin que tú lo vigiles despierta hasta las cuatro.
La culpa que aparece justo cuando intentas dormir
En cuanto empiezas a bajar la guardia, aunque sea un poco, aparece la culpa, puntual como siempre, justo cuando cierras los ojos: «¿y si me duermo y pasa algo?». Yo la conozco bien, esa voz que llega justo en el peor momento. Y he aprendido que no hay que discutir con ella, porque no se convence con argumentos por muy razonables que sean. Solo se le puede responder con algo muy sencillo: si pasa algo, dormida o despierta, tú no lo vas a impedir con la fuerza de tu vigilancia desde la cama. Lo que sí puedes hacer despierta y con cabeza al día siguiente, con la cabeza descansada y capaz de pensar, es mucho más que lo que puedes hacer agotada a las cuatro de la madrugada mirando el techo sin fuerzas ni para levantarte a por un vaso de agua.
Aprendí que quedarme despierta no era cuidarlo a él. Era, sobre todo, no cuidarme a mí.
Y si alguna vez la preocupación no es solo por su consumo sino porque de verdad crees que hay un peligro inmediato, algo concreto que has visto u oído esa noche, esa sí es una noche para llamar a ayuda profesional o a urgencias, no para quedarte esperando sola con el oído puesto en la pared hasta que amanezca.
Dormir no es dejar de quererlo
Sé lo que se siente al pensar que dormir es una forma de rendirse, de dejar de estar ahí por él en el único turno que crees que puedes cubrir. No lo es. Es empezar a estar ahí también para ti, que buena falta te hace después de tanto tiempo con los ojos abiertos en la oscuridad. Puedes quererlo entero, con toda el alma, y aun así cerrar los ojos esta noche y dormir hasta que salga el sol. No son cosas contrarias, aunque durante mucho tiempo, en la cabeza cansada de las tres de la madrugada, lo hayan parecido. Un día cada vez, empezando por esta noche, con el móvil un poco más lejos de tu cabeza y un poco más cerca de dejarte descansar.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

