Adicción

¿Es normal querer a alguien con una adicción más de lo que te quieres a ti misma?

Sí. Es muy normal, más de lo que te imaginas mientras lo lees sola en el móvil, quizá de madrugada. Y no, no significa que estés mal de la cabeza ni que arrastres un defecto de carácter desde niña, como a veces te susurra esa voz interior tan poco amable. Tiene un nombre, aunque a mí me costó años dar con él: perderte en el rescate. Le pasa a quien quiere de verdad a alguien con una adicción, sea pareja, hijo o hermano. No le pasa a las débiles ni a las que "se dejan", como dicen algunos con esa ligereza que tanto duele. Le pasa a las que aman fuerte, con todo, y durante mucho tiempo se les olvidó que ellas también estaban ahí, dentro de esa misma historia que están intentando sostener.

Si me preguntas cómo lo sé, te lo digo sin adornos ni rodeos: porque a mí me pasó, exactamente así. Y porque durante mucho tiempo pensé que quererlo tanto, hasta desaparecer un poco cada día, era la prueba de que era buena persona, buena pareja, buena madre para mis hijos. Nadie me dijo, en ningún momento, que quererlo tanto a él, sin dejar nada para mí, no era una virtud que enseñar. Era un bucle que se estaba comiendo mi vida entera, un día detrás de otro, sin que yo lo viera venir ni me diera tiempo a esquivarlo.

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

Cómo se llega ahí sin darte cuenta

Nadie decide un día, de golpe: a partir de hoy voy a dejar de existir para ocuparme solo de él. No funciona así, tan claro ni tan visible. Funciona un día más cada vez, casi sin ruido. Hoy no salgo con mis amigas porque prefiero estar pendiente por si llama. Mañana no como con calma porque estoy esperando su llamada con el plato a medias. Pasado no voy a esa cena de cumpleaños porque no sé cómo va a llegar él y prefiero estar en casa por si acaso pasa algo. Cada uno de esos días, por separado, parece razonable, incluso responsable visto de cerca.

El problema es que esos días se van sumando uno encima de otro, silenciosamente, y un buen día miras hacia atrás desde el sofá y no reconoces cuánto tiempo llevas sin hacer nada que fuera solo tuyo, elegido solo por ti. ¿Fue una decisión consciente? No, en realidad no. Fue una acumulación silenciosa de renuncias pequeñas, cada una justificada en su momento exacto, todas juntas convertidas, sin que nadie te avisara, en una vida que ya no reconoces como tuya.

Por qué esa entrega no lo salva a él ni te protege a ti

Aquí viene la parte que más cuesta escuchar, y te la digo con todo el cariño del mundo, no para hacerte daño: por mucho que te entregues entera, por mucho que vigiles, calcules y te desvivas noche tras noche, eso no lo salva a él. No lo he visto salvar a nadie, ni a él ni a mí en su momento, por mucha entrega que pusiéramos las dos. Lo que sí hace, con total seguridad y sin excepción, es consumirte a ti. Poco a poco, sin que te des cuenta del todo, hasta dejarte sin aire propio ni ganas de casi nada.

Sé que se siente como amor, como el amor más grande que has sentido nunca. Yo también lo sentí así durante años, y con la misma intensidad. Pero el amor que te borra a ti no es el amor que necesita ninguno de los dos, por mucho que en el momento parezca lo contrario. Él necesita otra cosa, algo que muchas veces está fuera de lo que tú puedas darle sola, encerrada en casa. Y tú necesitas seguir siendo alguien, con tu propia vida latiendo debajo de toda esta historia que estáis viviendo juntos.

La señal de alarma más clara

Te voy a dar una señal muy concreta, nada abstracta, para que la compruebes tú misma ahora mismo, sin esperar a mañana: ¿te acuerdas de cómo te gusta el café? Con leche, sin ella, con azúcar, sin azúcar, bien cargado o más flojito de lo normal. Parece una tontería sin importancia, pero prueba a preguntártelo ahora, en este segundo exacto. Si tardas en contestarte, si dudas más de lo esperado, si hace tiempo que ni siquiera te preparas un café pensando en lo que a ti te apetece a ti, ahí tienes la señal clara que buscabas.

Cuando llevas mucho tiempo perdida en el rescate de otra persona, los gustos propios se van difuminando los primeros, casi sin que lo notes. Dejas de saber qué serie te apetece ver esta noche, qué quieres cenar de verdad, a quién te apetecería llamar solo por el gusto de charlar. Y no es un detalle menor ni una anécdota simpática: es el primer síntoma claro de que llevas tiempo viviendo hacia fuera, pendiente de él, y nada, o casi nada, hacia dentro.

Esto que lees es una idea de «Dejé de intentar salvarlo» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Un primer gesto pequeño, hoy mismo

No te voy a pedir que hoy recuperes tu vida entera de golpe. Eso no pasa en un día, y prometerte eso sería mentirte a la cara igual que te mentías tú sola hasta ahora. Pero sí puedes hacer un gesto pequeño, hoy mismo, ahora: prepárate un café o una infusión exactamente como te gusta a ti, sin pensar ni un segundo en si a él le apetece o no, sin hacerlo de pasada mientras esperas su llamada con el móvil al lado. Solo eso. Siéntate un momento con él en la mano, aunque sean cinco minutos robados al resto del día.

  • Prepara tu café o tu infusión justo como te gusta a ti, hoy
  • Bébetelo sentada, sin el móvil pendiente de nadie
  • Nota qué se siente al hacer algo, aunque sea diminuto, solo para ti

Ese gesto no lo va a arreglar todo, y sería absurdo pedirle tanto a una taza de café. Pero es el primero, y el primero es el que abre la puerta a los que vienen después, uno detrás de otro. Yo también empecé así, con un café que me tomé sola, despacio, sin prisa, un día cualquiera en que decidí que algo pequeño, por fin, era solo mío.

Quererlo a él no tiene que costarte olvidarte de ti. Las dos cosas pueden convivir, un paso cada vez.

Y una cosa más, antes de cerrar, porque prefiero decirla clara y sin rodeos: si en tu casa hay violencia o sientes miedo real por tu integridad física, esto no es un tema que se resuelva con un café ni con ningún gesto pequeño de este artículo. Eso es pedir ayuda profesional o llamar a los servicios de emergencia ya, sin darle más vueltas. El resto, lo del rescate silencioso que te ha ido comiendo por dentro sin gritos ni urgencias visibles, sí se puede desmontar con calma. No de un día para otro, eso nunca. Un día, un paso, una taza de café que es solo tuya y de nadie más.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Me despierto todas las noches a las tres de la madrugada: por qué te pasa y qué hacer

Leer ahora →

o quizá: Mi marido bebe y lo niega: qué hacer cuando tú ves el problema y él no · Cómo dejar de tapar las mentiras de alguien con una adicción, paso a paso

Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien lleva años rescatando a alguien que quiere, y se está ahogando con él.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Las 3 C y mi pacto»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno