Adicción

¿Es normal sentir que ya no sé quién soy yo, de tanto cuidar a otro?

Estás en el supermercado, delante de la estantería de siempre, con la lista a medio hacer en el móvil, y se te queda la mano en el aire. No sabes qué coger. No es que no haya nada, la estantería está llena, es que de pronto no recuerdas qué te gusta a ti, así, sin más, como si te hubieran borrado ese dato de golpe. Sabes perfectamente lo que le gusta a él, su marca, su punto de sal exacto, su manía con las etiquetas y con que el envase no esté abollado. De lo tuyo, en cambio, hay un hueco, un silencio raro donde debería haber una respuesta obvia.

Vuelves a casa con las bolsas colgando de las manos y te miras un segundo al espejo del ascensor, ese espejo pequeño y con manchas que nunca miras de verdad, y te preguntas, casi en broma para no asustarte del todo: ¿quién soy yo ahora mismo? La pregunta se queda ahí, incómoda, flotando mientras subes los pisos, y la respuesta directa es que sí, es normal sentir esto, y no significa que te esté fallando la cabeza ni que tengas un problema de carácter ni que te estés volviendo rara.

¿Lo estás viviendo ahora mismo? Antes de seguir leyendo: si hay peligro para ti o para alguien, no estás sola con esto. En EE. UU., 988 (crisis) y SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción). Un psicólogo o un grupo como Al-Anon/Nar-Anon puede acompañarte mientras usas este cuaderno.

Sí, es normal, y tiene una explicación sencilla

Cuando llevas mucho tiempo con toda tu atención puesta en otra persona, sobre todo si esa persona atraviesa algo tan absorbente como una adicción, tu brújula interna se va desviando poco a poco hacia él, sin que te des ni cuenta del momento exacto. No de golpe. No un día decides dejar de ser tú y firmas ahí un papel. Ocurre gramo a gramo, decisión a decisión, compra a compra, sin que nadie te avise de que está pasando ni te dé la opción de decir que no.

No es un defecto tuyo, ni una debilidad de carácter: le pasa a cualquier persona que dedica su energía, su tiempo y su atención casi entera a vigilar, sostener y anticipar lo que le ocurre a otro. La atención es un recurso limitado, como el dinero o las horas del día, y si la mayor parte se va hacia fuera, hacia él, queda muy poca para mirar hacia dentro, hacia ti, hacia lo que de verdad te apetece o te hace falta.

Cómo se diluye la identidad sin que una se dé cuenta

Empieza con cosas pequeñas, tan pequeñas que ni las cuentas como una renuncia. Compras las galletas que le gustan a él en vez de las que te gustan a ti, porque es más fácil, porque hay una discusión menos por la mañana, porque total, ya te da igual y no vale la pena pelearse por un paquete de galletas. Cambias de planes con tus amigas porque él está mal ese día y no te apetece dejarlo solo. Dejas de llamar a esa amiga con la que hablabas todas las semanas porque no tienes cabeza, ni ganas, ni energía para nada que no sea la situación en casa.

Cada una de esas renuncias, por separado, parece minúscula, casi tonta de nombrar en voz alta. No merece la pena discutir por unas galletas. No pasa nada por saltarte una cena con las de siempre. Pero un día, sin previo aviso, ordenando una nevera o mirando una estantería de supermercado, te das cuenta de que llevas meses o años sin hacer una sola cosa solo porque a ti te apetecía, y que se te ha olvidado, literalmente, qué es lo que te gusta a ti.

  • Compras lo que le gusta a él y ya no recuerdas tus gustos propios
  • Cancelas planes tuyos por si acaso pasa algo
  • Sabes sus horarios de memoria y has dejado de mirar los tuyos

¿Has dejado de existir? No, por supuesto que no. Pero llevas mucho tiempo viviendo apuntada a la vida de otro, con la tuya en pausa, en una especie de sala de espera permanente, esperando un momento mejor que nunca termina de llegar.

Notarlo ya es el primer paso de vuelta

Aquí viene la parte que quiero que te quede clara, la que de verdad importa: darte cuenta de esto, aunque duela, aunque te deje un rato mal el resto del día, no es la prueba de que ya es tarde. Es, más bien, el primer momento en muchísimo tiempo en que has vuelto a mirar hacia dentro en lugar de hacia él. Eso ya es un movimiento, aunque no lo parezca desde fuera, aunque nadie más lo note.

No has desaparecido. Estabas ahí, esperando a que alguien, aunque fueras tú misma, te preguntara qué te gusta.
Esto que lees es una idea de «Me perdí cuidando a quien no se dejaba ayudar» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No hace falta que hoy mismo recuperes toda tu identidad de golpe, ni que sepas de nuevo quién eres con una claridad total y definitiva. Eso sería pedirte demasiado, un imposible más para añadir a la lista, y además no funciona así de rápido. Vuelve poco a poco, del mismo modo lento y silencioso en que se fue.

Un gesto pequeño para hoy

El paso de hoy no tiene que ser grande, ni heroico, ni de esos que cuentas después como un logro. Al contrario, cuanto más pequeño y concreto, mejor, más fácil de cumplir de verdad. Se trata de elegir una sola cosa, hoy, solo porque a ti te apetece, sin justificarla ante nadie, sin que tenga que servir para nada ni para nadie más que para ti.

Puede ser comprar esas galletas que llevabas años sin comprar, las que casi habías olvidado que existían. Poner una canción que era tuya antes de todo esto, de esas que sabías de memoria hace diez años. Sentarte cinco minutos con una taza de algo caliente sin hacer nada más, sin estar pendiente del móvil ni de la puerta ni de nada que no sea el vapor subiendo. Un solo gesto, diminuto, elegido solo porque sí.

Si notas que detrás de esta sensación de haberte perdido hay también agotamiento extremo, tristeza que no se mueve por más que lo intentas, o miedo por tu seguridad o la de alguien más, no lo sostengas tú sola: pedir ayuda profesional en ese punto no es rendirse, es cuidarte como mereces, como llevas tiempo sin cuidarte.

Volver a ti no depende de que él cambie, ni de que la situación en casa mejore de la noche a la mañana. Depende de que, poco a poco, vuelvas a hacerte esa pregunta tan sencilla y tan olvidada: ¿y a mí, qué me gusta? Hoy solo necesitas una respuesta pequeña. Mañana habrá otra, y pasado mañana otra más.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

¿Por qué no consigo dejar de pensar en él ni cinco minutos?

Leer ahora →

o quizá: Estoy agotada de intentar salvar a mi hijo y siento que ya no puedo más · Cómo dejar de vigilar a alguien con una adicción, paso a paso

Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien lleva años volcada en salvar a un ser querido con una adicción que no se deja ayudar, y por el camino se ha perdido a sí misma.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Las 3 C y mi pacto»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno