Cómo dejar de contar sus copas sin volverte loca en el intento
Uno. Dos. Ya va por la tercera. Sigues la conversación en la mesa, asientes en el momento justo, incluso sonríes cuando alguien cuenta algo gracioso, pero por dentro hay una parte de ti que no ha dejado de contar desde que él se sirvió la primera copa, con ese gesto tan suyo de llenar hasta el borde. No lo decidiste. No te sentaste un día a pensar «voy a llevar la cuenta de lo que bebe, como quien lleva la cuenta de la compra»: simplemente, en algún momento, empezaste, y ya no has parado, ni en las cenas familiares ni en un martes cualquiera de sofá y tele.
Si esto te suena, quiero decirte algo antes de nada: no es una manía tuya, ni una obsesión rara, ni una señal de que estás perdiendo la cabeza. Es un hábito, con su propia lógica y su propio historial, y como todo hábito, se puede mirar de cerca y, poco a poco, aflojar, aunque hoy te parezca tan pegado a ti como la propia respiración.
Primero, solo date cuenta de cuándo empiezas
Antes de intentar cambiar nada, hace falta ver el momento exacto en que arranca el conteo. Puede que sea cuando sirve la segunda copa. Puede que sea antes, en cuanto oyes el tapón de la botella girar, ese sonido tan reconocible que ya te pone en alerta sin que hayas visto nada todavía. Fíjate, sin más, sin juzgarte por ello, como quien observa el clima desde la ventana. No estás haciendo nada malo por contar: es lo que tu cabeza aprendió a hacer para sentir que tenía algún control sobre una noche que, en realidad, no controla ni controlará.
Este primer paso no cambia nada todavía, y está bien que así sea. Solo se trata de nombrar el momento para ti misma, como quien pone una etiqueta en un tarro: «ahí, ahora, estoy contando». Nada más, ni un paso adelante todavía.
Segundo, mueve el cuerpo antes de mover la cuenta
Una vez que reconoces el momento, prueba a sustituir el conteo por una acción física, tuya, pequeña. Levántate a por agua, aunque no tengas sed. Cambia de silla, aunque sea un movimiento tonto que nadie note. Sírvete tú algo, un vaso de zumo o simplemente agua con hielo, y hazlo con calma, como un gesto para ti misma y no como una respuesta a lo que hace él en el otro extremo de la mesa.
La idea no es distraerte para «no pensar en ello», como si fuera un truco de magia barato. Es romper el piloto automático con algo concreto que tu cuerpo pueda hacer, para que la cabeza tenga un segundo de respiro antes de volver, si vuelve, a la cuenta que llevaba a medias.
Tercero, una frase corta en vez de un argumento largo
Cuando llevas tiempo vigilando, la cabeza tiende a montar discursos enteros, casi guiones: por qué debería parar, cuántas lleva ya, qué pasará si sigue así toda la noche, qué le vas a decir luego cuando estéis a solas. Todo eso ocupa mucho espacio, te deja la mandíbula apretada, y no cambia absolutamente nada de lo que va a pasar esa noche.
Esto no me toca calcularlo a mí.
Prueba con una frase así, corta, tuya, que puedas repetirte en silencio, casi como quien recita un número de teléfono, cuando notes que estás otra vez sumando copas sin querer. No hace falta que la creas del todo la primera vez que la digas, ni la segunda. Solo hace falta que esté ahí, lista, en vez de la argumentación larga que te deja agotada y no te lleva a ningún sitio.
Cuarto, los días de recaída en el conteo cuentan igual
Habrá noches en que, pase lo que pase, vuelvas a contar sin darte ni cuenta, como si el cuerpo hubiera decidido por su cuenta que hoy tocaba vigilar otra vez. Puede que sea una noche especialmente tensa, con una discusión reciente todavía en el aire, o simplemente un día cansado en el que el hábito viejo gana la partida sin esfuerzo. No pasa nada. No es que hayas fracasado ni que tengas que empezar de cero, como si esto fuera un examen que se aprueba o se suspende con nota.
Soltar un hábito de tantos años no es un interruptor que se apaga de golpe: es más bien ir aflojando un nudo, un poco cada vez, y algunos días el nudo se vuelve a tensar solo, sin avisar. Lo que importa no es que no vuelva a pasar nunca, sino que sigas notando cuándo pasa, sin castigarte por ello, como quien vuelve a la conversación después de distraerse un momento.
Lo que no te toca a ti
Contar copas es, casi siempre, una forma de intentar predecir la noche para protegerte de ella, de tener un mapa antes de entrar en territorio desconocido. Pero la cuenta no cambia el resultado del mapa: él va a beber lo que vaya a beber, cuentes o no cuentes, lleves la cifra exacta o pierdas la cuenta en la cuarta, y tú te quedas con el desgaste de haber estado calculando en vez de estar, simplemente, en tu propia vida esa noche, en esa mesa, con esa gente.
Si alguna vez lo que ves te preocupa por una razón de seguridad real, no de vigilancia sino de peligro concreto para ti o para alguien de casa, eso no se resuelve contando copas ni con frases internas: ahí conviene pedir ayuda profesional o acudir a urgencias sin esperar a que la situación se calme sola.
Pero para las noches normales, las de siempre, prueba estos cuatro pasos uno a uno, sin prisa, sin pretender dominarlos todos la primera semana. Y si quieres, esa misma noche, ya en pijama, coge un cuaderno y escribe a mano qué momento fue el que más te costó soltar. No para analizarlo todo, solo para sacarlo de la cabeza y dejarlo en el papel, que es un sitio mucho más tranquilo que tu mente a las once de la noche contando copas que no son tuyas y nunca lo fueron.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

